Francisco Ramírez Viu
(Artículo publicado en La Provincia, en junio de 2008)
Comencé a escribir estas líneas en el desierto, cerca de la frontera con Malí. Cada tarde me acercaba descalzo a la alfombra donde se reunía la familia de Hamud y me solía sentar entre los niños. Guardo un recuerdo imborrable de aquella soledad transmitida como un eco a través de las colinas de arena y también de las conversaciones que enriquecieron mi estancia entre ellos. Y entre todas las sensaciones compartidas con aquella familia de nómadas, algunas se distinguen claramente entre las demás: una inquietud ante el futuro y un profundo anhelo de paz.
Hamud convino conmigo en que uno de los errores más extendido allí, en esa polvorienta y calurosa tierra, era usar la religión musulmana como arma ideológica contra occidente, que algunos consideran una diabólica modernidad. Él cree en el Corán, pero no es un hombre fanático. Entiende, como entiendo yo, que cualquier religión es buena si hace buenos a los hombres que la practican. Si no lo consigue, posiblemente la culpa no sea ni siquiera de la religión sino de quien la interpreta. Siempre he pensado que cualquier creencia religiosa honesta sólo intenta expresar el aspecto espiritual del ser humano, aquel que lo distingue de la pura materialidad, de la barbarie. Por eso considero tan nocivo el fanatismo religioso como el hedonismo caprichoso y materialista. Si entre ellos hay personas que confunden la espiritualidad con la guerra santa, entre nosotros abundan los que confunden la paz con los somníferos, el progreso material con el paraíso. Sin duda aquellas conversaciones en el desierto me animaron a reflexionar acerca de algunas costumbres de mi sociedad y, en cierta manera, de mi propia vida.
Ya de vuelta en mi ciudad vuelvo a escuchar nuestras quejas –creo que más que razonables- hacia las arengas de algunas mezquitas, de los discursos fanáticos… Pero apenas veo esa actitud crítica y responsable ante tantos mensajes que inundan nuestra política, nuestra televisión o nuestra propia publicidad. ¿No son también ellos el reflejo de una actitud claramente violenta y mezquina? ¿Por qué entonces apenas se escucha nuestra queja? ¿En qué recovecos se pierden nuestras voces, sobre todo las de aquellos que tienen una mayor responsabilidad? Me resulta sorprendente que en un mundo lleno de líderes de todo tipo haya, en cambio, pocas voces con verdadera autoridad moral; con una autoridad que no esté basada en la coacción ni en el poder, sino en el ejemplo. Considero que la responsabilidad moral de esos líderes (políticos, religiosos, científicos, artísticos) es enorme y que así deberíamos exigirlo: una voz que no nos halague, sino que nos convenza con el ejemplo de sus actos. Estoy seguro de que esa voz –que vive también dentro de cada uno de nosotros– necesita ser escuchada, aunque tampoco creo que consiga elevarse por encima de tantos discursos convencionales y del pensamiento adormecido de buena parte de nuestra sociedad sin un auténtico cultivo interior.
He leído en alguna parte que el hombre occidental contemporáneo desconoce su posición en el mundo más que en cualquier otra época de la historia. No soy historiador y no puedo hacer esa comparación, pero sí pienso que en muchas ocasiones vivimos tan centrados en nosotros mismos que nos olvidamos completamente de los demás y de nuestro entorno. Esta forma fragmentaria de mirar el mundo acentúa la falta de compromiso en lo colectivo y abona el terreno para la indolencia. Así entiendo la actitud de muchas personas atrincheradas en su comodidad, inmersas en un continuo mercadeo que sólo busca sacar provecho material de personas, sentimientos y cosas. Yo mismo conozco bien esos egoísmos “adolescentes”, los he sentido agitarse más de una vez en mi interior. Y es, además, una actitud favorecida desde todos los ámbitos -incluidos los estatales-, puesto que desde hace muchos años sus políticas van encaminadas exclusivamente al crecimiento económico, descuidando otros aspectos esenciales para el desarrollo cabal de cualquier sociedad. Bajo esa mirada obtusa y de corto alcance no se presta atención a la multiplicidad de relaciones entre los pequeños actos, los que entretejen nuestra vida diaria, y los grandes acontecimientos. Pero las consecuencias de esa forma de estar en el mundo no quedan reducidas a la esfera de lo personal y las perciben hasta los silenciosos habitantes de un desierto.
De alguna manera, ante los ojos de un materialista las personas se vuelven simples cosas, objetos que se usan y después se tiran. Y algo de esa actitud degradante –es difícil determinar su abundancia– se observa indudablemente en la vida diaria que me rodea. ¿En qué nos diferenciamos del que se mueve por otros instintos igualmente básicos como son la fuerza bruta o el fanatismo? ¿Por qué van a ser los nuestros otra cosa más elevada? ¿Son más civilizados? ¿Es peor tirar a un recién nacido a la arena del desierto por superstición que tirarlo en un contenedor de basura porque incomoda? ¿O es nuestra silenciosa costumbre de abortar fetos la señal del verdadero progreso? Creo sinceramente que la nuestra es en tantas ocasiones una sociedad de panfletos, de tópicos y de pancartas que exigen a los demás cosas que nosotros mismos no estamos dispuestos a erradicar de nuestras vidas.
Cuando los conceptos están vacíos, la gente se desorienta y se altera la relación entre las palabras y la realidad que designan. Y la mediocridad a la que estamos tan acostumbrados funciona como un narcótico para que nadie sienta la responsabilidad de ser mejor persona; una actitud que a mi entender se ampara en parte en un concepto equivocado de la igualdad. En un mundo de “iguales” nadie mejora, la vida se estanca. Eso es precisamente la mediocridad. De alguna forma las acciones morales de cada persona, tanto las beneficiosas como las nocivas, construyen y reconducen la historia moral de la humanidad. Porque la historia no es sólo la de los grandes eventos, sino precisamente la que se entreteje a la sombra de esos grandes acontecimientos, en la penumbra de la intimidad.
Mi anfitrión reconoció humildemente que el Islam tiene por delante el reto de un profundo cambio en muchos aspectos y yo reconozco también que tan dañinas me parecen algunas de sus costumbres como algunas de las nuestras: el desamparo y la degradación de nuestros entornos naturales, la pereza en la educación, la avidez por el dinero, la banalidad en las relaciones sexuales, la vejación de animales, la violencia de géneros –en plural-, la postración a la que conducen las drogas, la hipocresía de muchos líderes políticos y religiosos, el uso comercial de la juventud, la competitividad desmesurada, la corrupción del poder, el tráfico de armas, el laberinto de la moda, la especulación urbanística, la explotación laboral, el uso propagandístico de los medios de comunicación, la utilización de la tecnología como medio de dominación, la indolencia de buena parte de nuestra sociedad… Me parece obvio que el fanatismo no es un fruto de la religión musulmana, sino producto de un desequilibrio que puede darse en cualquier región del planeta.
Cierro los ojos, contemplo de nuevo aquella inmensidad de arena envuelta en una luz vidriosa y pienso también que la paz que buscamos no se sostiene con simples consejos publicitarios ni con desesperadas asignaturas escolares, sino mediante el esfuerzo interior. ¿Cómo podemos exigir responsabilidades a otros si no nos las pedimos antes a nosotros mismos? ¿Qué paz puede reclamar una persona que actúa por simple capricho? Tengo la impresión de que el pacifismo que se trata de imponer desde leyes, conciertos multitudinarios y campañas de marketing resulta en muchas ocasiones sólo una máscara: algo donde esconder los errores, los vicios y las carencias. Y el amor del que tanto se habla se asemeja cada vez más a un simple producto del consumismo, a una forma compulsiva del deseo. ¿Cómo va a actuar con honestidad una persona caprichosa, cómo sabrá siquiera en qué consiste su bien personal y mucho menos el de los demás?
Ahora, mientras cae lentamente la noche sobre la ciudad, pienso en el vacío que invade a tantos hombres y mujeres y constato mi fe en aquellas personas –de oriente y de occidente– que realmente se esfuerzan por ser honestas, en aquellas que aprenden de sus propios errores. Me pregunto cómo armonizar el progreso económico con el progreso espiritual. Entiendo que se trata de una cuestión complicada, que históricamente aún no ha encontrado una solución satisfactoria y que tal vez nunca la encuentre. Sólo se me ocurre un punto de partida: dedicarle el mismo tiempo a una cosa que a otra. Poseer ya sabiduría al nacer es algo que casi nadie logra. Adquirirla a través de la observación y de la contemplación es algo que está al alcance de muchos. ¿Es posible otro mundo, mejorarlo al menos para que sea más justo, más pacífico? Desde luego no es una simple fantasía, sino algo que depende de cada uno de los habitantes del planeta. Estoy convencido de que cualquier persona puede contribuir a la mejora del presente y del futuro de la sociedad en la que vive si comprende que tan real es el mundo exterior como el interior y si logra hacer caso a ambos de manera equilibrada; si al mismo tiempo que pretende cambiar el entorno que le rodea, se esfuerza honestamente por mejorar el universo que habita en su interior.
Francisco Ramírez Viu es escritor y director de ciudArte (www.ciudarte.es)

