
Francisco Ramírez Viu
(Conferencia pronunciada en la Casa Museo Pérez Galdós dentro de las Jornadas universitarias “María Zambrano. Razón Poética: nuevos senderos de convivencia”. Las Palmas de Gran Canaria, noviembre de 2007).
I
En los libros de María Zambrano las palabras están vivas, impregnadas de una melancólica transparencia; sutiles y hondas, siempre veraces. Leer a María Zambrano es como pasear entre los árboles de un bosque, sintiendo la integridad de un paisaje que nunca defrauda. Casi al primer contacto con sus palabras, mientras uno se acerca a los primeros árboles, ya percibe el latir de un cuerpo generoso y comprometido. El temblor de las hojas en la brisa es el mismo que ella confiesa sentir en todos los libros que ha dado a publicar. Y entre los árboles también la luz; la luz que se filtra por las bóvedas de sus copas más altas y desciende entre ramas y hojas matizando la hierba de contornos difusos. Dentro del bosque la luz parece revelar el sentido de algunos misterios que perviven ocultos en el silencio del tiempo; de un tiempo sin derrota que ensancha el corazón y va mostrando un claro en la continuidad del pensamiento.
La luz con la que trabaja Zambrano no es sólo la que juega con el aire, sino también la que permite contemplar con más hondura el trasfondo de las cosas, e incluso aquello que yace bajo la hierba y las hojas caídas. Esta luz es nuestra medida del tiempo y la herramienta principal del conocimiento humano. En ella podemos contemplar el pasado y el futuro de lo existente, tanto desde la perspectiva de la física de partículas como del conocimiento poético; un conocimiento que hoy se vuelve indispensable en un mundo en crisis, en medio de una cultura hosca, de una estructura económica y social que parece negarse a mirar con detenimiento el misterio de su existencia.
El suelo del bosque está formado por diferentes estratos o capas que reciben el metafórico nombre de horizontes. Las raíces de los árboles penetran en esos horizontes en busca de sales minerales y de nutrientes, funcionando de este modo como un canal de comunicación entre dos mundos aparentemente lejanos y divididos; entre el aire y el subsuelo, entre lo de fuera y lo de dentro; entre lo externo y lo más íntimo. En este complejo ecosistema que es la vida cobran sentido unas palabras de André Breton que María Zambrano recoge en un pequeño ensayo: “Todo lleva a creer que existe un cierto punto donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo cesan de ser percibidos contradictoriamente. Y es en vano que se busque a la actividad surrealista otro móvil que la esperanza de encontrar ese punto.” Pero no sólo la actividad surrealista tiene ese propósito. También la ecología, la física o la astronomía, por ejemplo, se esfuerzan actualmente en hallar el punto de encuentro entre el macro y el microcosmos. Pues bien, el punto que alberga en su profundidad esas raíces es el alma. Y para saber algo más sobre el alma necesitamos volver la vista hacia el reino de la palabra; de la humilde palabra que guarda en su memoria la íntima relación entre la verdad y la vida.
II
Cada palabra que decimos también se asienta sobre un suelo formado por varias capas, unas más profundas y otras más superficiales. Y lo mismo ocurre con nuestros gestos, con las acciones más cotidianas. Para salir a flote en el día a día basta de ordinario utilizar las capas más externas, los horizontes más superficiales de nuestras palabras y de nuestros actos. Es un lenguaje fácil, muy asequible, y que se ha convertido en el modo de ser característico de esta sociedad de la información en que vivimos. Pero para afrontar el asunto del propio yo necesitamos otro lenguaje, otra fuerza y otra luz que nos permita movernos por allá abajo, bajo tierra, donde nacen los manantiales y fluyen los ríos subterráneos. Allí nace una forma de la luz que sólo puede ser observada bajo condiciones especiales y que podría definirse como una claridad en sombra.
Allí, en lo profundo, entre las grutas de agua cristalina, lejos incluso de conceptos y de significados, palpita el sentido último o primario que sostiene a las palabras. Es el reino del conocimiento, de algo que no es propiamente conocimiento intelectual ni traducible en él, pero que le antecede y sostiene y sin lo cual andará flotando por grande que sea la exactitud y la claridad de sus razonamientos; A este conocimiento, a este saber sobre el alma, dedicó su vida esta mujer comprometida: quién soy yo, quién es la que habla y la que respira bajo la capa más superficial de mis propias palabras. Y después, o casi al mismo tiempo, quiénes son los demás, qué es esto a lo que llamamos ser humano; cómo salvar la distancia entre la verdad que siento y la vida que me rodea.
Lejos del bosque, al otro lado de la colina, se encuentra nuestra sociedad de la información: un modo de vivir que se presta a la inmediatez y, como consecuencia casi inevitable, a la precipitación, a la incontinencia; una incontinencia que es esclava de nuestros hábitos más rutinarios y un formidable obstáculo para el conocimiento. Ni siquiera para tener un blog en internet, para publicar un libro, para aparecer en los medios de comunicación emitiendo una opinión acerca de cualquier tema es indispensable tener conocimiento; sólo hay que moverse por esa capa más superficial de las palabras y de los actos, donde todo es rápido y fugaz. Y esa precipitación en las palabras va haciendo mella también en nuestros gestos y en nuestros actos. Por eso, la “infracultura del usar y tirar” que nos rodea es la actitud más opuesta del conocimiento que busca penetrar en el sentido de las cosas.
Muchos y muchas parecen haber perdido hoy ese interés, y sin embargo se sienten capaces de dar una opinión acerca de todo; superficial, por supuesto, llena de tópicos, de frases hechas, pero real. Y en el hombre común se va afirmando una personalidad a la vez soberbia y humillada; soberbia porque no encuentra reticencias en los otros, porque todo tiende a su comodidad, porque la técnica sirve además a este propósito. Y humillada porque su vida ha entrado en conflicto con la verdad y ha quedado abandonada en su ignorancia y en su confusión; una confusión que no se debe a la cantidad de información recibida (habitualmente reiterativa y fragmentaria), sino a la actitud con que se acepta: una indolencia que parece presidir muchos ambientes y que va formando personalidades enquistadas, como inmóviles estatuas de sal, temerosas de mirar lo que tienen bajo sus pies; o mejor dicho: lo que ya no tienen.
Es la misma historia de la filosofía occidental, “cuando ha corrido por su cuenta, desprendida ya de la Religión, y que tampoco se ha detenido a mirar lo que quedaba bajo ella sosteniéndola”. El hombre actual no está acostumbrado a mirar con hondura porque vive entretenido y atrapado, porque no puede ni sabe estar si no está continuamente sostenido por la información. En la actualidad es tan vital estar al día de todo, se consume tanto tiempo manejando productos “culturales” que el individuo común se sumerge inconscientemente en una actividad frenética e insustancial que, en vez de cultivarle, se lo impide. Seguramente porque no es consciente de que la cultura es un proceso y no un simple producto; y que donde todo va muy deprisa nunca ocurre nada.
Ortega y Gasset (del que María Zambrano se considera discípula) decía que “la arquitectura no expresa como las otras artes, sentimientos y preferencias personales, sino, precisamente, estados de alma e intenciones colectivas. Los edificios son un inmenso gesto social. El pueblo entero se dice en ellos. Es una confesión general de la llamada “alma colectiva”. ¿Y qué podríamos decir de la arquitectura más frecuentada en nuestros días, sobre la que se asienta un urbanismo desaforado? Sin aire libre, sin espacios amplios, sin lugares para el reposo de la vista o la quietud del pensamiento… Podríamos decir que se asemeja a una cabeza enferma, deformada en su crecimiento, con un modelo de desarrollo que parece diseñado únicamente para un provecho de corto alcance, donde parece que sólo interesa buscar atajos, llegar cuanto antes para no sentir el transcurrir del tiempo. En una cabeza así, el cerebro pierde la continuidad de su pensamiento y tiende a contemplar el mundo como una sucesión de imágenes fragmentarias -sin aparente relación ni equilibrio- a las que hace frente empujado arbitrariamente por la estimulación inmediata.
Ese desarrollo inhóspito sólo invita a la confusión de sus habitantes que “andan errantes sin encontrar lugar donde posarse”. Por eso es posible pensar que ciertas enfermedades mentales no son sólo propias de algunos individuos, sino de sociedades enteras en momentos particulares de su particular historia. Así entiendo estas palabras de la escritora malagueña que parecen susurradas desde la linde del bosque, volviendo la vista hacia lo que se deja atrás: “Cuando se ha rechazado la gracia y se ha cometido un crimen, la vida humana queda recluida en las paredes de la necesidad; no se puede decir que nada falte, pero el alma muere y, para no morir, se retira; la vida (allí) es simplemente una cadena de funciones necesarias”.
Como una mala alimentación, esta información pobre y segmentada conduce a la desorientación, porque el pensamiento no goza siquiera de breves detenimientos. Y así se va abriendo una brecha cada vez mayor entre verdad y vida, en un ímpetu que se “precipita con la velocidad propia de lo que carece de sustancia y aun de materia, de lo que sólo es un movimiento que va en busca de ellas y arranca al ser que despierta de ese su alentar en la vida”. Es una inmediatez que está llena de caminos cortos, que no llevan a ninguna parte porque lo que interesa no es viajar, sino, como acabamos de decir, llegar cuanto antes. Hay un ansia por vivir, por vivir el instante, pero es un instante (como todo lo demás) demasiado superficial para encontrar en él ningún atisbo de plenitud. De ahí que las contradicciones surjan por todas partes. Zambrano habla del “perpetuo adolescente, que antes que a la madurez, alcanzará a la muerte, pues se destruirá a sí mismo por su prisa, por su vehemencia”.
III
Cualquier compromiso conlleva un esfuerzo y el adolescente está demasiado ocupado en sí mismo, en su placer, en su urgencia, como para mirar otra cosa que no sea su propia comodidad. Sin embargo, no es posible acercarse al arte, ni a la belleza, ni al conocimiento con esos hábitos, con la misma actitud con que compramos en un supermercado o en una tienda de moda. Y tampoco es posible entender así el mensaje de esta sincera y honesta pensadora. Supongo que si a vivir se aprende viviendo, a pensar se aprende pensando. Y el bosque que ella nos describe es simplemente una metáfora, la metáfora de algo íntegro, completo. Pasear por él es también un viaje que anuncia el momento ínfimo de un cambio. El bosque señala el inicio de una etapa y, de alguna manera, el fin de otra. Pero lo hace de una forma misteriosa, sin parcelar el tiempo, mostrando ante los ojos todas las posibilidades que se abren. Es una manera de expresar nítidamente el sentido de la continuidad. Y no es el movimiento lo que caracteriza este viaje entre los árboles, ni mucho menos la urgencia, sino el compromiso: la actitud que mantienen los pies con el material del camino; los ojos con la luz que se ofrece; el aire con los pulmones que llena.
¿Por qué habría de existir un tiempo para amar y otro para odiar; uno para la inconsciencia y otro para la sensatez? ¿Por qué no reconocer que sólo es uno y el mismo tiempo, y que parcelarlo es sólo una ilusión? Desde esta perspectiva se puede viajar a cualquier velocidad y es posible detenerse en cualquier momento sin interrumpir el viaje. Así se mantiene la flexibilidad necesaria para que nuestra naturaleza actúe de manera conjunta con la naturaleza que nos rodea y de la que formamos parte. El bosque representa en cierta manera un nuevo nacimiento, una nueva infancia que abre las puertas de la madurez, donde el pensamiento discurre como el mismo río, donde cada tronco es una isla que hunde sus raíces en la profundidad del espacio y del tiempo.
Es indudable que el conocimiento no es sólo mera información, sino que va mucho más allá: necesita completar la sustancia de nuestra vida, buscar el sentido profundo de las palabras, en el que se apoyan los demás sentidos. Y también es evidente que no todas las épocas han sido iguales, ni todas se han caracterizado por esta actual falta de hondura y de interés por la verdad. Desde luego, no resulta descabellado entender la historia de la humanidad como una historia personal, una íntima evolución que se va haciendo, que va tomando una dirección, que va dejando otras… A veces más cerca de la luz, otras en sombra. Y al mismo tiempo, la humanidad que vive en cada hombre deja la huella de sus vacíos, de sus instintos y certezas… Ninguna época es igual; ni en lo individual, ni en lo colectivo. Ni en lo individual, porque como dice María Zambrano: No toda minoría se sitúa de igual manera. Ante la inseguridad de los tiempos de crisis, que es propiamente lo que les caracteriza, siempre existe una minoría creadora que se adelanta abriendo el futuro; ni en lo colectivo, como también explica ella refiriéndose a uno de esos momentos “en que la aurora de lo humano parece extenderse y ocupar un vasto horizonte. Es el siglo VI antes de Cristo: Budha en India, Lao-Tse en China, los Siete Sabios, y entre ellos Tales de Mileto en Grecia y Pitágoras. Y no es un Dios propiamente lo que asoma, sino un camino”.
Tal vez lo que mejor caracteriza este camino es la actitud de búsqueda de la verdad a través del conocimiento contemplativo; una contemplación que no es de ningún modo pasividad ni indiferencia, sino creación y compromiso: una contemplación activa o una actividad contemplativa; una voluntad de reforma que resulta ser el canal de comunicación entre lo real y lo imaginario, entre lo natural y lo fingido. Y son la poesía, la música y las matemáticas las que emergen en aquel momento como herramientas imprescindibles para esa búsqueda. Este instante del que nos habla María Zambrano es ante todo un despertar de la conciencia que descubre que para conocer al hombre hay que conocer necesariamente el cielo. Y para ello resulta imprescindible el diálogo con la luz: una contemplación que nunca juzga con la vehemencia de lo mental. Desde la contemplación la palabra también se volverá hacia el silencio, querrá unirse a él, en lugar de destruirlo. Pero antes habrá tenido que absorber todo lo que la palabra en su forma lógica parece haber dejado atrás. Porque solamente siendo a la vez pensamiento, imagen, ritmo y silencio parece que puede recuperar la palabra su inocencia perdida, y ser entonces pura acción, palabra creadora. Es un renacer de la perspectiva y de la conciencia del ser donde la información sirve sobre todo a un propósito: contemplar la realidad para después obrar con sentido; conocer el cielo para conocer la realidad del hombre, y viceversa. Y por realidad podríamos entender todo aquello que habría de ser mencionado en una completa descripción del mundo.
Despertar naciendo o despertar existiendo es la bifurcación que inicialmente se le ofrece al ser humano. Todo le afecta en ese estado, cuando despierta; un todo que si se deja, se irá desplegando poco a poco. Y el que nace en cada despertar, surgiría, por levemente que fuese, en una especie de ascensión que no le extrae de este su primer suelo natal, en ese lugar primero que parece sea como un agua donde el ser germina, al que no se puede llamar naturaleza, sino quizás simplemente lugar de vida. Es un camino cuya última expresión será el amor; un amor que no es fácil de entender, ni de alcanzar porque no está al comienzo del camino, sino mucho después, en algún claro del bosque, cuando el árbol se muestra. Si todo saber comienza por la admiración, el camino del amor también empieza por amar la sabiduría. “Este camino es primero unos pasos, unas huellas, y sólo cuando ya una línea trazada le distingue de la extensión inanimada que lo rodea, podemos verle. El camino ordena el paisaje y permite moverse hacia una dirección”. Así explica Zambrano el trabajo que conlleva cualquier actitud creadora, la de cualquiera de nosotros; también la del pensador y la del artista, si es que hay alguna diferencia entre ellos que no sea meramente anecdótica, pues toda creación significa ante todo un renovado esfuerzo por contemplar; y “el que ha sabido mirar, siquiera sea un árbol, ya no muere”.
“Hay un trozo de un libro sagrado de China, en que este prodigio está señalado de la manera más nítida y humilde, como el agua. En el Tschuang-Tsé leemos la admirativa pregunta dirigida a un artesano por la ejecución perfecta de un campanario de madera, y él responde: Yo soy un artesano y no tengo secreto alguno. Pero sin embargo hay una cosa en que consiste mi obra. Cuando me disponía a hacer el campanario me guardé muy bien de derrochar mis energías. Ayuné para aquietar mi corazón. Después de haber ayunado varios días ya no osaba pensar ni en la ganancia ni en los honores; después de cinco días de ayuno, ya no pensaba ni en las alabanzas ni en los reproches, ni en la habilidad, ni en la ineptitud; después de siete días de ayuno me había ya olvidado de mi cuerpo y de todos mis miembros. En aquella época ya no pensaba tampoco en la Corte de vuestra Alteza. De este modo me recogí en mi arte y todos los ruidos del mundo exterior desaparecieron para mí. Fuime después al bosque a contemplar los árboles en su natural crecimiento. Una vez que tuve el verdadero árbol ante mi vista, me encontré con el campanario terminado, de suerte que no tuve más que echar mano de él. Si no hubiera encontrado el árbol hubiera abandonado mi empeño. Pero por haber hecho actuar mi naturaleza conjuntamente con la naturaleza del material es por lo que las gentes dicen que es una obra divina”.
IV
Es difícil describir cómo afecta el conocimiento, hasta qué punto la vida queda transformada bajo la acción de este conocimiento que podría definirse como una intimidad con lo real; pero es conveniente señalar que no se trata de un camino para intelectuales, científicos o artistas, sino para cualquier persona que quiera situar su vida con honestidad frente al tiempo que percibe. Sin este conocimiento íntimo y afectuoso de la realidad no se puede obrar en armonía con ella. Y en él se salva la distancia entre verdad y vida, se logra que vida y verdad se entiendan, dejando la vida el espacio para la verdad y entrando la verdad en la misma vida, transformándola hasta donde sea preciso sin humillación. No estoy seguro de que se trate de un método, sino, más bien, de un proceso. Ella lo describe sirviéndose del ejemplo de la creación literaria, pero su alcance es universal porque toda la vida es lenguaje y nadie escribe sólo por necesidades literarias, sino por la misma necesidad que tiene la vida de expresarse.
“El extraño género literario llamado Confesión se ha esforzado por mostrar el camino en que la vida se acerca a la verdad; el género literario que en nuestros días se ha atrevido a llenar el hueco, el abismo ya terrible abierto por la enemistad entre la razón y la vida. La confesión, en este sentido, sería un género de crisis que no se hace necesario cuando la vida y la verdad han estado acordadas. Mas en cuanto surge la distancia, la menor divergencia, se hace preciso nuevamente”. La confesión, en definitiva, “no es sino un método de que la vida se libre de sus paradojas y llegue a coincidir consigo misma”. La confesión, como acto de humildad y de esfuerzo interior, es un largo sendero que también necesita un aprendizaje; un viaje por el interior del bosque, de árbol en árbol, mirando con atención, escuchando cómo nacen los embriones de los actos y las palabras “embriagados de posibilidad”.
Entre la sensación –virgen e inconsciente—y el sentimiento –que es un producto ya elaborado— hay un hueco; es en ese hueco donde se gestan muchos de los secretos de la conducta humana, habitualmente reflejo de los resortes de la propia naturaleza del mundo. Y hasta esa cavidad debe entrar la luz, porque es allí dónde se da forma a nuestra voluntad; una voluntad que no debe pretender dominar las tinieblas sino encontrar el equilibrio entre lo que se recibe, se pierde y se anhela. Ése es el espacio propio de cualquier trabajo interior. Y sin él, sin ese trabajo interior, no hay verdadero progreso ni es posible encontrar la paz, antesala del amor; “porque la paz no es cosa de pactos, ni de compromisos, no es cosa de derechos ni leyes, sino de una silenciosa armonía”. Y ésta es una cuestión de máxima importancia en los tiempos que corren.
Por eso la metáfora del bosque, del claro del bosque en el que se puede escuchar esa silenciosa armonía. Supongo que cada uno de ustedes habrá descansado alguna vez en el claro de algún bosque y habrá sentido intensamente sus raíces subterráneas en ese lugar que no fue devorado por la nada. Podemos sentarnos ahora otra vez allí y hacer un pequeño alto en el camino; sentarnos sobre un tronco caído y contemplar el fulgor de los árboles al atardecer, cuando la luz ilumina un espacio diáfano y circular que brilla como la llama de un fuego extraño, en el que la madera arde sin quemarse. Como en un milagro, ambos –el sol y la luna— conviven pacíficamente en la frontera entre dos luces o más bien en una misma luz antigua, ya casi nueva. En esa extraña claridad –“música callada, soledad sonora”– está presente toda la creación, con sus luces y sus sombras. El claro del bosque no es un escondite, sino un lugar para mirar el mundo. Por eso, las páginas que allí se trazan no están escritas con las manos, sino con los ojos.
El claro del bosque es la metáfora del centro interior, de un lugar de reunión para todas las cosas. “Es un centro, un fondo, una interioridad sin límite, donde la verdad habita siendo ella misma, sin dejar de ser interior. Sin salir de sí, con solo ponerse al descubierto, la verdad ha sido encontrada en un lugar inaccesible, invulnerable, en un lugar donde ningún padecimiento llega, donde ni el rastro terrible de la culpa primera ha podido arrojar su sombra: pozo de agua clara y quieta, donde la imagen reflejada no se imprime desde fuera sino desde más allá de sí, imagen que no es retrato sino la verdad misma, ella misma, aunque no del todo, visible e inalcanzable mientras estemos cubiertos por el tiempo”.
El claro del bosque es la imagen de una soledad contemplativa desde la que brota la comunicación. En cierta manera es el origen de cualquier forma de comunicación: artística, conceptual, mística. Es la repercusión de un instante, de un único instante que se perpetúa discontinuamente, y que puede llegar a convertirse en un centro del ser si entra en juego el amor. Y cuando entra en juego, explica Zambrano, “entonces se arriesga que se piense que ronda la mística o que recae en ella. Y si el veredicto es más leve, que es cosa de poesía. Y nada habría que objetar si por poético se entendiera lo que poético, poema o poetizar quieren decir a la letra, un método más que de la conciencia, de la criatura, del ser de la criatura que arriesga despertar deslumbrada y aterida al mismo tiempo”.
Una construcción que perdura lleva en sus cimientos el germen de la soledad. No importa si lo que se construye es un castillo o un sistema filosófico. El verdadero constructor es aquel que puede hacerlo desde la soledad, desde algún punto cercano a esa “nada” que habita en el interior de la conciencia y que quizás sea el recuerdo más antiguo de lo que fuimos y el pálpito más seguro de lo que seremos. La nada es fundamentalmente “no saber”, porque nadie sabe lo que es la nada. Desde esa posición de oscuridad y desamparo nace la más íntima comunicación entre el hombre y la naturaleza: la humilde posibilidad de la creación. Por eso una actitud creadora levantada desde la percepción ontológica de la nada también está edificada sobre la eternidad. Y esto no es un juego de palabras, como tampoco lo son los poemas que intentan mostrar el universo interior, las formulaciones matemáticas que nacen de la pura abstracción y que permanecerán siempre vigentes o los árboles que se levantan en medio del bosque y dan sus frutos. Sólo desde la contemplación puede darse el verdadero milagro de la construcción. Por eso los buenos amantes son grandes constructores y por eso también la mística se entiende desde la metáfora del claro del bosque, en un lugar atemporal donde es posible el conocimiento; un instante único que puede prolongarse si se sostiene en él la mirada.
Quizás sean los árboles los seres vivos que mejor expresen el sentido de un tiempo eterno, del pasado y el futuro que conviven en el ahora. Y la luz que invade ese espacio también contribuye a esa percepción, ya que ninguna luz vuelve al mundo tan diáfana como la proyectada por la conciencia serena del peligro. Y vivir en peligro no es más que vivir con la conciencia clara de nuestra situación en el universo. Esta soledad no representa propiamente un punto de partida, sino un lugar de llegada: un final que alumbra el inicio de un camino, apenas un sendero que se dibuja entre las ramas. Y como cualquier soledad también hay que dar cuenta de ella; “por paraíso o por infierno a la vez hay que someterla ante el juicio, su purgatorio. La soledad no es una sola, hay soledades, y de todas hay que comparecer ante el prójimo, llevarlas a la comunidad para sufrir su prueba definitiva, si de ella puede extraerse algo que sirva para todos”. Pero es evidente que “cuanto más original sea la existencia del individuo, más necesidad ineludible tendrá ese centro de quietud, de confianza y de reposo”. Y ese centro interior, “si de veras lo es, hace que ese mundo del desvarío cobre forma y se ordene”.
Es en cierta manera un exilio, no me refiero sólo a un exilio físico (que también ella experimentó durante muchos años), sino sobre todo a uno interior, a un sentirse abandonada. Desde el exilio se inicia un camino entre escombros donde comienzan a aparecer cosas que nunca arrojaron su sombra sobre la historia. Y es aquí, en este momento, cuando sus palabras adquieren una musicalidad maravillosa, como algunas canciones sefardíes: “El hombre tiene un nacimiento incompleto, no ha nacido ni crecido enteramente para este mundo, pues que no encaja con él, ni parece que haya nada en él preparado para su acomodo. Por eso tiene que acabar de nacer enteramente y tiene también que hacerse su mundo, su hueco, su sitio, tiene que estar incesantemente de parto de sí mismo y de la realidad que lo aloje”. “Cualquier persona vive en soledad y, por lo mismo, a mayor intensidad de vida personal, mayor es el anhelo de abrirse y aun de vaciarse en algo; es lo que se llama amor, sea a una persona, a la patria, al arte, al pensamiento.” El amor es un nuevo nacimiento en el orden de las cosas, un anhelo lleno de preguntas a las que sólo cabe enfrentarse desde la soledad interior.
Ésta es en definitiva la cuestión de fondo que nos plantea esta pensadora, hija de maestros y que intentó hacer del conocimiento una forma de sabiduría: “La pavorosa faz de la actualidad ¿no nos presenta, sin duda, la figura de un mundo sin sujeto, donde ha desaparecido el sujeto, donde el yo anda errante como rey sin súbditos ni territorio, donde no existe por parte alguna el alguien responsable, el alguien con identidad y figura propia? Mundo anterior al ser, en que lo psíquico tiene la existencia demoníaca de la multiplicidad inapresable y diluida; mundo de donde han huido las formas, quedando sólo el fantasma inasible y rencoroso; el fantasma y el vacío. ¿No estará necesitado de una verdadera e implacable confesión?” ¿No habría de existir un género de amor que no tropezara con la resistencia de lo amado; un amor en el cual, entender o querer entender se acreciente con el amor mismo y lleguen a ser la misma cosa, entender y amar; amar y entender?
Son dos preguntas que quedan abiertas y que definen con justeza la perspectiva moral de una mujer que procuró vivir su existencia con honestidad y con inteligencia; y que animó a otros a ese intento. ¿No estará el mundo actual necesitado de una verdadera e implacable confesión? ¿No habría de existir un género de amor en que entender y amar lleguen a ser la misma cosa?
Ella pensaba que sí y yo también. Y también siento ese amor, imposible e inevitable al mismo tiempo, cada vez que leo sus palabras, cada vez que la escucho. Y desde aquí, desde este pequeño claro del bosque en el que hemos reposado juntos ustedes y yo durante unos minutos, me gustaría mostrarle de nuevo mi afecto y mi agradecimiento por todo lo que, generosamente, ha procurado mostrarnos en cada una de sus palabras; en su obra, que permanecerá viva porque también ella es uno de esos momentos en que la aurora de lo humano parece extenderse y ocupar un vasto horizonte. Y eso sólo se puede decir de los verdaderos pensadores; de los hombres y mujeres que han querido conocer al ser humano al tiempo que conocían el cielo.
Bibliografía utilizada:
María Zambrano. La confesión: género literario. Biblioteca de Ensayo, 2001. Siruela.
María Zambrano. Hacia un saber sobre el alma. Alianza Literaria.
María Zambrano. Delirio y Destino. Centro de Estudios Ramón Areces.
María Zambrano. Claros del bosque. Seix Barral. Biblioteca de Bolsillo.
María Zambrano. Persona y Democracia.
María Zambrano. Los Bienaventurados. Biblioteca de Ensayo, 2001. Siruela.
Ortega y Gasset. Meditación de la Técnica y otros ensayos sobre ciencia y filosofía. Alianza Editorial, 2004.

